De los innumerables escalones que conducen a mi corazón él subió tan sólo quizás dos o tres Yosano Akiko
No voy a darte siquiera el impulso que hace que la aguja mueva mi tiempo. No pudiste aspirar ni una partícula del aroma que define mi perfume. No lograste, y por lo mismo no te dejaré, porque ya no quiero, que adivines mi esencia.
Cuando me presentaron a Beverly*, pensé que su nombre era inventado, al igual que todo el mundo creía del mío, una especie de seudónimo, apodo artístico. Nada de eso, ella, como yo, habíamos sido felices beneficiarias de la imaginación y excentricidad materna. - Barber- me informó cuando quise indagar sobre su apellido - ¿Vos? - Melody Gutiérrez- intercambié, y la sonrisa fué mutua - ¿nuestras madres no habrán sido amigas no? - Pasá, sentate. Vamos a compartir camarín. ¡Al fin!, estaba esperando una compañera para pasar los ratos de espera entre cada show. Ahora, decime una cosa, vos, con esos anteojos de intelectual, ¿qué hacés bailando en el caño en el Silver? - Eso mismo, me cansé de tanta formalidad. Mi madre siempre me lo decía: "nena, cortala ya de tanto alimentar la mente, hacé algo con ese cuerpo, bailá, divertite un poco", así que decidí que tenía razón y me metí en un gimnasio donde daban cursos de baile en el caño. Y ahora además puedo aprovecharlo para aumentar mis ingresos, que la verdad, me hacen falta. - Bueno, vení - invitó, mientras enfilábamos para las bambalinas. Beverly corrió sigilosamente un centímetro de telón. No había apreciado el local repleto y en funcionamiento, cuando había venido a la entrevista. Ahora me daba cuenta que era el típico piringundín, solo que más grande. No logré distinguir el humo que todo lo abarcaba dentro; en esos días Buenos Aires estaba sumergida en una marea interminable de vapor, por la quema de yuyos primero, por las cenizas de un volcán sureño luego. Andaba todo el día limpiándome los anteojos, creyéndolos sucios, pero por más que los aseara seguía viendo nublado, mis ojos no se acostumbraban a esa nebulosa impuesta. Nos dispusimos a espiar las mesas mientras Beverly me daba un informe pormenorizado de la fauna clienteril: -El de la mesa al lado de la barra es socio vitalicio ya, hace siglos que viene al Silver. Es el típico empleado público: labura seis horas, luego vuelve a la pensión y en su habitación se encierra a leer hasta que se le caen los ojos en el libro. Los fines de semana se distrae acá. Fijate aquel otro, el de la barra, sí, el pelado ese. Hace cuatro años que está metejoneado con Angelita, la que hace los tragos. Viene y se sienta y le charla horas y horas. Ella ya no sabe qué decirle para darle pie a que la invite a salir, pero el pelado es muy paspado y no se anima. Y de la charla no salen, che. Acá, junto al escenario se sienta Federico. Con ése, están todas alborotadas. Mirá la pinta de señorito inglés que tiene, decime si no parece un personaje de Yekspier, alto, delgado, sonrisa de publicidad, inglesa la publicidad, eso sí. Después de Hugh Grant, viene este Federico. Mirá, Melody, te doy un consejo, no te enganches con ninguno acá, sabés? Además del trabajo, te lo digo por vos, los tipos andan muy raros últimamente. - Si, ya lo sé, Bever, nadie es lo que parece.
* Beverly Barber es un personaje de mi bloggeramiga Raquel. Gracias, Rachel!
Somos la generación que se compró todos buzones juntos: nos creímos el cuento del éxito, la familia, la trascendencia, la independencia, la autosuficiencia, el consumo. Por eso nos rompemos el alma trabajando, nos emparejamos, tenemos hijos, hacemos múltiples actividades, corremos, volamos y no toleramos resignar, queremos y tenemos que tener TODO. Al contrario de la generación de nuestros padres que sostenían la institución matrimonial a rajatabla, bajo cualquier circunstancia y a como dé lugar, nosotros nos divorciamos porque sí. Antes de eso, tuvimos hijos porque sí, y después trabajamos de sol a sol para que a nuestros hijos no les falte nada de lo que creemos deben tener. Es decir: tenemos hijos, trabajamos tiempo completo para poder disfrutarlos, pero apenas lo hacemos...porque estamos trabajando...para disfrutarlos. El tiempo tiene otra dimensión para nosotros, ansiamos la inmediatez, no toleramos la espera, la velocidad es nuestro dios y no podemos detenernos. Corremos, no sabemos hacia dónde, ni podemos parar a pensarlo. Abrazamos la soledad como una religión. Solteros, casados, emparejados, viviendo con los padres, siempre estamos solos, nos gusta y odiamos que intenten arrebatarnos ese derecho. Aún cuando podemos compartir, nos cuesta un poco. Por eso nos sumergimos en la red y desde allí operamos: leemos, estudiamos, compramos y vendemos, nos relacionamos, escribimos, escuchamos música, bajamos películas, enviamos información, trabajamos, vemos el pronóstico, leemos diarios y revistas, jugamos. Somos la generación i: insatisfechos, insaciables, instantáneos, introspectivos, incoherentes, interneteados. Islas
Estaba sumergida en la lectura cuando por el costado de mi hombro derecho sentí su figura acomodándose a mi lado, en el banco que había elegido para esperarlo, mientras leía. Giré la cabeza y lo miré. Mi visión periférica captaba algunos detalles: el saco negro que vestía o los jeans prolijamente gastados. El resto de la apariencia del hombre ya no me interesaría porque mi visión central había quedado secuestrada en sus ojos, abismales, sin fondo. Sentí que, para escapar de aquella mirada, sólo yo debería pagar el precio del rescate. Pero eso tampoco me importaba porque en ese instante, no quería estar en otro sitio que no fuera ese banco, en esa plaza, dentro de esos ojos ladrones.
Mariana no sabe qué día, a qué hora, ni dónde nació. Festeja todos los 26 de julio, ya más por costumbre que por convicción. Festeja que, a pesar de todo, puede seguir llamándose Mariana y su familia, sus hijos, sus amigos, la identifican perfectamente. A ella, ésto no le resulta tan sencillo. Hace dos años, cuando las dudas no encontraban más un hueco en su cerebro, Mariana acorraló a su madre y del cerco de preguntas logró destriparle la verdad: Era "adoptada". Su padre, un policía con serios trastornos psiquiátricos, y en ejercicio, había aparecido un día en la casa, y se la había entregado a su esposa, como quien dá un regalo. La mamá lo tomó sin preguntar mucho, acostumbrada ya a obedecer y acatar sin cuestionar nada, para preservar la vida. Las veces que había intentado lo contrario, luego había tenido que ocultar los golpes. El padre de Mariana tuvo a bien morirse doce años atrás. Muerto el perro, no se acabó la rabia. Hay mordazas que tardan siglos en aflojar y amenazas que se transforman en ecos de ultratumba. Hace dos años, supo que todo lo que ella pensaba que era, ya no era. Como datos sólo contaba que había nacido en una clínica en una localidad del gran Buenos Aires y que cuando la llevaron a su casa no parecía un bebé recién nacido, sino de dos o tres días. Nada más. Llegó a este mundo en 1974, cuando aún no estaba instalado el gobierno militar en el país, sin embargo ya ocurrían ciertas cosas, y ella es uno de los tantos casos que lo argumentan. Poco puede investigar, pocas instancias legales a las que recurrir sin que su madre, con quien mantiene una buena relación, salga perjudicada. Sin embargo continúa buscando alguna alternativa de justicia, al menos para sí misma. Con tan poco, armó su identidad con lo que quiso y pudo, y no deja de buscar caminos, hacia su verdad. El otro día me confesó algo: en un sueño había visto a su mamá biológica, de espaldas, con el pelo largo y negro azabache. Desde ese sueño, Mariana se dejó crecer el cabello y se lo tiñe de negro, cada dos meses.
Lo conocí cuando yo tenía 17 años. No me importó que no fuera morocho, ni que me llevara 27 años de ventaja, ni que fuera extranjero y viviera muy lejos, ni que no supiera jamás de mi existencia. Me atrapó apenas lo escuché y ví. Viví con él momentos increíbles, hubo etapas de mi vida marcadas por su presencia. En el 2001 supe que vendría a mi país, me ilusioné como una nena presintiendo su cercanía. Pero el desbarajuste que ocurrió aquí en ese año hizo que él se asustara y decidiera no visitarme. Como una nena, me desilusioné. Pero seguí esperando. En marzo de este año, una mañana de domingo, abrí el diario y lo ví, su cara ocupando una hoja completa y anunciando, ahora sí su visita el 11 de abril. Su cara pasó a formar parte del decorado de mi cocina, pinchada en el corcho de la pared, recordándome cada día lo que siento por él. No fué el 11, ocurrió el 10 de abril. Fuí a buscarlo al estadio de Vélez. Diecinueve años de espera y allí estaría, a metros. Esa noche, durante dos horas, fuí felíz con él: rubio, 63 años, una voz de lija, una presencia de gigante, un carisma arrasador, y una sonrisa seductora. Y me dí cuenta que desde siempre había sabido que aquel encuentro, algún día, ocurriría.