Siempre tuve las manos grandes. Era una característica de mi cuerpo que no me gustaba. Intentaba disimularlas, esconderlas. Hablaba sin hacer ademanes, tratando de gesticular para que la atención de mi interlocutor se posara en mi rostro y evitara esa parte del cuerpo que yo mismo rechazaba.
Un día, estando recostado, me detuve a mirar mi mano derecha apoyada sobre la almohada. Creí verla más grande. Inmediatamente, casi por acto reflejo, comparé las dos, verificando que estaban igualadas. Sin embargo, seguían pareciéndome enormes, más que de costumbre.
Lo dejé pasar interpretando el equívoco como una burla de mi percepción.
Durante el verano, un anillo que llevaba en mi anular, comenzó a apretarme y opté por quitármelo; no me quise preocupar y lo adjudiqué al calor que seguramente hinchaba mis dedos.
En el invierno me alarmé: no me entraban los guantes.
Consulté al médico. Me realizaron estudios de todo tipo, todos arrojaron resultados normales. A pesar de eso, decidí medirlas y llevar adelante un registro, a esas alturas tenía la certeza de que habían aumentado de tamaño y no era un error perceptivo. Al mes siguiente ya no tuve dudas: el centímetro indicaba que habían crecido, considerablemente. Volví al médico, que me derivó a otro; y ese, a otro. Ninguno encontraba razones ni causas de mi mal y yo entraba, lentamente, en una etapa de angustia y desconcierto.
A medida que fue pasando el tiempo, las cosas empezaron a complicarse. Mis manos continuaban aumentando de tamaño día a día y ya era muy evidente la desproporción con el resto del cuerpo. Tareas cotidianas y sencillas se volvieron imposibles. No podía utilizar el celular ni marcar un número en el teléfono fijo. Tampoco podía escribir en el teclado de la computadora. Con el tiempo ya no pude realizar ninguna tarea por mí mismo; asearme, cocinar, incluso alimentarme era algo inalcanzable, no podía manipular ningún objeto ni herramienta.
Los médicos sugirieron amputar y accedí. Cruento y doloroso pero al menos se detendría el flagelo, de todas maneras, eso en lo que se habían convertido mis manos, era algo inutilizable.
Jamás hubiera imaginado lo que ocurriría después. En una semana, como si la amputación hubiera acelerado algún extraño y diabólico proceso, de los muñones empezaron a salir sendos esbozos de manos que, en el transcurso de dos meses, adquirieron su forma definitiva y ante mi desesperación, crecían más aceleradamente que las anteriores.
Para entonces, decidí aislarme completamente del mundo, me había convertido en un engendro y, si no me recluía, terminaría siendo una atracción circense o un novedoso caso médico. Me encerré en una cabaña en las afueras de la ciudad, auxiliado por un buen amigo que me proveía de lo más necesario. Pero mis nulas posibilidades de autonomía volvían absurdo cualquier intento.
Mis nuevas manos fueron adquiriendo dimensiones monstruosas, las arrastraba por el suelo, me dolía su peso, se lastimaban y sangraban. Yo mismo caía al piso, tropezando con esos miembros serpenteantes por la cabaña.
Mi existencia se volvió insoportable, no continuaría de ese modo y como no vislumbraba otro, decidí el suicidio. No había otra solución ni tampoco otra forma, quizás lo último que podría hacer por mis propios medios sería colgarme de uno de mis dedos.
4 watios:
Para una gitana leerte las manos era como empezar el "Ulises" y "La montaña mágica" al mismo tiempo.
Sí, pobre, ¡qué trabajo!
Me impresionó Gi! largo tiempo sin venir, por esas cosas de la vida, y me encuentro con esta desición de justicia por mano propia (sic) :)
Un beso grande!!!
Si impresionó, cumplió su cometido.
Otro beso, Carina y volvé cuando gustes.
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